Con tantos palos como se está llevando Capello, los que le pueden caer a Rijkaard y los que ha dejado de aguantar Mourinho, por poner algunos ejemplos recientes, uno se da cuenta de lo complicado que debe ser entrenar a un equipo de primer nivel. No crean que la cara de Lotina es la misma que tenía antes de dedicarse a esta profesión.
Muchos habremos pensado en alguna ocasión (y más en este país, donde todos sabemos de todo, y de fútbol, más) que con determinados jugadores en el campo cualquiera sería capaz de entrenarles. Así le iba a Vicente del Bosque, según muchos entendidos. Con entrenar poquito, poner a once los domingos y tenerlos más o menos contentos, le dio para ganar dos Ligas de Campeones, entre otros títulos. Tan fácil no sería la cosa porque, desde entonces, nadie ha sido capaz de repetir sus éxitos y, aún así, la gran mayoría cree que Del Bosque no tiene ni puñetera idea de entrenar. Otros, como Clemente o Serra Ferrer, también han sido cuestionados desde siempre y ahora trabajan lejos, donde se les molesta menos.
El de entrenador es un puesto complicado. Hay que preparar la temporada, coordinar un equipo de profesionales multidisciplinares, gestionar una plantilla de deportistas, mantener la disciplina, motivar a los jugadores, y relacionarte con prensa, aficionados y directivos sin perder la perspectiva, sabiendo que todos te dirán cómo hacer tu trabajo y sin poder decirle a nadie cómo hacer el suyo. Cierto es que los grandes equipos pagan cada vez mejor a sus técnicos, pero estos también son los primeros en abandonar el barco cuando vienen mal dadas. Ellos son los principales responsables del fracaso a los ojos del resto del mundo aunque suelen permanecer por detrás de los jugadores cuando alcanzan el triunfo. Puede parecer injusto pero para entrenar hay que aceptar las reglas: si las cosas no van bien, la culpa es del entrenador.
Por este motivo los entrenadores pretenden controlar cada vez más todas las parcelas del juego. Los jugadores son cada vez menos libres y los sistemas de juego están más presentes. Es normal: si algo sale mal la culpa es del técnico, así que mejor no delegar, no sea que le culpen de los errores de los demás. Con tanto individualismo, es difícil aguantar mucho tiempo en el mismo sitio.
Ferguson y Wenger son dos casos raros en el mundo futbolístico. Más que entrenadores parecen funcionarios y las cosas no les han ido del todo mal. En el resto del planeta, pocos son los entrenadores que no se vuelven nómadas. Y, según como se están poniendo las cosas, puede que pronto veamos muchos cambios de cromos por toda Europa.
Del Capello enamorado de la Costa del Sol y del buen jamón ya no queda nada; no hace falta entrenar en España para seguir disfrutando de esos caprichos. Rijkaard no demuestra especial apego por Barcelona, aunque para un hombre que no tiene amigos será normal no tener intención de echar raices como le ocurrió a su predecesor Cruyff. Hiddink en su momento ya decidió disfrutar de su profesión y hacer de ella su estilo de vida y parece complicado ponerle al frente de un proyecto a largo plazo. Benítez empieza a ser cuestionado (pues quien mucho abarca poco aprieta) y no le vendría mal un cambio de aires o un director deportivo a su altura profesional. Y Lippi, el mejor seleccionador del mundo, al menos hasta el próximo Mundial, en el paro.
Y queda Mourinho, el entrenador total y el único capaz de generar el efecto dominó a nivel internacional. Si el portugués se marcha del Chelsea, todos pujarán por él porque saben que es el mejor: joven, preparado y en constante evolución. Y, a diferencia de Rijkaard, su nivel de autoexigencia todavía no ha sido cuestionado. El que le consiga fichar, sabe que tendrá que realizar una gran inversión económica. Los demás tendrán que conformarse con los segundos platos. Y, los que lleguen tarde serán los que tengan que descubrir los nuevos talentos, aquellos que todavía no saben lo solitario que puede ser un banquillo.