Cuando estás en racha todo sale bien. Te encuentras más motivado, trabajas mejor en cada entrenamiento y la concentración es absoluta durante todo el partido. Se empieza a hablar de ti, la afición te adora, los medios se pelean por tus declaraciones, la selección llama a tu puerta y te salen novias por todas partes. El problema de las rachas es saber cómo afrontarlas cuando se acaban.
Ese tipo de estados temporales son difíciles de digerir cuando terminan. Cuando el ritmo baja (porque, inevitablemente, tiene que llegar un momento en que baje) pero tu mente sigue pensando que eres imparable, es cuando empiezas a fallar, porque pretendes hacer cosas que no sabes hacer. Ocurre mucho con los delanteros, que pasan de marcar un gol por partido a tirarse meses sin mojar; pero, sobre todo, le pasa a los porteros. De héroes imbatibles a temerarios con manos de mantequilla.

En Valencia, en medio de su crisis abierta, cuentan con dos buenos porteros pero con limitaciones. A Cañizares no lo vamos a descubrir ahora: buenos reflejos y muy ágil bajo palos, pero inseguro en el juego aéreo y con actuaciones irregulares que se han ido solucionando a medida que adquiría mayor experiencia pero que ahora vuelven a aflorar con la situación del equipo y la competencia con Hildebrand. El alemán es de perfil bastante similar y necesita adaptarse a su nuevo club, aunque no sea este el mejor momento para vivir transiciones tranquilas. Duro trabajo para Koeman, que deberá buscar una solución para su portería como requisito primordial para salir del bache valencianista.
En Getafe ocurre algo similar. Las actuaciones y el carácter de Abbondanzieri suelen dar gran seguridad a sus compañeros, aunque todos sabemos que en cualquier momento puede desconcentrarse. Con Ustari como recambio (fichaje más caro de la historia del Getafe) el club apostaba por una promesa de gran portero en un futuro no muy lejano pero todavía no se ha ganado la confianza de Laudrup ni la de sus aficionados. Con el Pato, las rachas adquieren su máxima expresión, mientras que con Ustari todavía están por llegar.
Pero el caso más representativo en estos momentos es el de Palop en el Sevilla. Si el año pasado el equipo lo ganaba todo y Palop era una estrella injustamente olvidada por el seleccionador nacional, esta temporada todo son dudas y grandes triunfos acompañados de inesperados tropiezos, algunos de ellos por los errores en la portería. Sus condiciones son magnificas (gran envergadura, rápido y ágil) pero si no está en la selección y fue suplente de Cañizares durante tanto tiempo es por algo. Por eso, cuando la racha se acaba, salen a la luz todas las carencias volviendo a la cruda realidad.
Salvo el caso atípico de Molina, los porteros españoles tienen por costumbre fallar cuando no están bajo palos y eso supone un problema bastante importante en el fútbol moderno, donde las jugadas a balón parado cobran cada vez más importancia. Nuestro mejor exponente, Casillas, no es ninguna excepción, y tampoco ha demostrado nunca muchas ganas por mejorar en ese aspecto. El otro gran portero que queda en España, Valdés, es el más seguro con diferencia pero, desgraciadamente, sus compañeros no comparten esa fiabilidad por alto (por eso y otras razones más difíciles de explicar, no cuenta para España). Mientras las cosas van bien nadie se acuerda de los puntos débiles pero cuando las rachas terminan, es mejor no creernos mejor de lo que somos.
Foto: vía manuel | MC en flickr (CC)

